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¡ NO NECESITAMOS GENIOS!

 

Por: Mario  Alvarez  Urueña

Arquitecto.

 mariofau@yahoo.com

 

En   una  revista electrónica de  arquitectura - Architecture Magazine - encontré  éste  aleccionador  texto  del  arquitecto  Español  Antonio  Codersh,  escrito  en  1960,    cuya vigencia y  validez se  mantienen y  no  solo  es  aplicable  a  los  arquitectos;  si  no  a  todas  los  demás  profesionales; al  resaltar  que  la  importancia  del  trabajo  no  está  ligada  a  la  magnitud  de  la  obra  a realizar,  sino  en  el  profesionalismo  con  el  que  se  haga,   el  amor  al  oficio  y el  servicio social  que  se  presta  con  ello;  que  la  genialidad como  bien  lo  definió  Tomas  Alva  Edisson, luego  de mas de  1000 ensayos para  llegar  al  invento  de   la  bombilla  eléctrica, al  serle  preguntado  sobre su invento,  afirmaba  que  "la  genialidad  es  97%  sudor  y  solo  un 3%  de intuición"; conclusión,  que  la  invención,  o  la  creación  es  fundamentalmente:  teoría  y  experimentación con  mucha  pero  muchas  prácticas y  solo  una  mínima  chispa  de  intuición  o  genialidad;  reflexión  muy  válida  hoy  en    un  mundo  que  además  de  perder  el  rumbo ha  perdido  los  valores  morales,  donde  el  afán del  enriquecimiento  fácil y  el  asenso rápido  hacen  carrera; por ello  vienen  justos  éstos  párrafos  escogidos  de  Codersh  que cito  textualmente. Abro  comillas:

 

"Un  viejo  y  famoso  arquitecto  Norteamericano le decía a otro mucho más joven que le    pedía consejo:"Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas." También le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves"  . Un hombre; no decía siquiera: un arquitecto.

  No, no creo que sean genios lo que  necesitamos ahora. Creo que los    genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la arquitectura ni grandes  doctrinarios, ni profetas, siempre  dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.

  Necesitamos que miles y miles de  arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).

  Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días, medianamente  dotado, preparado o formado, si puede entender esto también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para  mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.

  ... Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no  posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.

  ...Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación que se  emplean (signos exteriores de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan  inhumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.

  Con los grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras, o mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla así.

  ... Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la  organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba lentamente. Existía,  por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión,  y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos de valía;  así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas  ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases  que tenían un valor humano que se  da hoy muy excepcionalmente...." .  Por  ello  para  terminar, definitivamente  no  necesitamos  genios,  sino  gente,  arquitectos  comprometidos  como  tales  y  como  personas a  trabajar por  el  bienestar  de  la  comunidad  antes  que  en  su  propia  fama  y  enriquecimiento  personal,  eso  vendrá   por  añadidura,  lo  demás  es  simple  comercio  del  oficio.

 

 Ibagué,  Junio  4  de  1999